Comenzó siendo un taller de bicicletas...
Máximo Fresneda
“Cantalejo ya no es pueblo es una bella ciudad”
Como Cantalejano me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado el pueblo en estos últimos 50 años. Sus tradiciones, sus costumbres, sus oficios, sus calles, sus casas...
Muchos recordamos aquellos años con cierta melancolía y añoranza por el hecho de que entonces se compartía todo, la alegría, el dolor, el trabajo, la comida, la casa, la calle, el día, la noche, el verano... aunque los inviernos eran duros y la economía intentaba sobrevivir después de una guerra.
Hay momentos en la vida que te recuerdan el pasado, momentos que te detienen, que te hacen pensar, que te obligan a decir “parece que fue ayer”... hoy lo digo yo al recordar momentos de mi infancia que fueron risueños y divertidos.
Crecí con un padre al que le apasionaba y le fascinaba la popular y clásica bicicleta. Su ilusión era que toda la ciudad y sus alrededores aprendieran a montar y manejar el primer vehículo de dos ruedas del que tanto se empezaba hablar.
Y así fue, los viernes y los domingos eran los días que más trabajo tenía puesto que vendía, reparaba y alquilaba más de 200 bicicletas de distintas marcas, BH, Orbea, GAC, Ráfaga entre otras y de diferentes modelos. Las traíamos en tren o en camión desde Madrid, Valladolid, Burgos, Bilbao, Zaragoza y León, principalmente.
Las más sencillas las alquilaba para aprender, a razón de una peseta la hora. No tenían ni frenos ni guardabarros, de esta forma se evitaba que al caer se clavaran en alguna parte del cuerpo. Claro está que para los chicos esto era un problema pues tenían que frenar con los pies y las zapatillas terminaban con agujeros, o bien frenaban contra la pared y se llenaban de magulladuras en las rodillas, espinillas, moratones en los codos, chichones en la cabeza o también podían frenar cayendo a la cacera en la que siempre había barro. En fin, fuese como fuese, de la bofetada de su madre no se libraba nadie. Aunque lo que más dolía aparte del orgullo eran las partes bajas e intimas de cada uno puesto que el sillín no era de lo más blandito.
El caso es que incluso ahora son de fácil manejo ya que constan de dos ruedas de goma alineadas y fijas a un cuadro con sillín. Se dirigen mediante un sencillo manillar y son impulsadas por dos pedales movidos por los pies. Pero la cosa se complica y mucho cuando uno quiere mantener el equilibrio.
Finalmente lo consigues y como dice el refrán “una vez que aprendes nunca se olvida”
Yo con tan solo dos años disponía de mi propia bicicleta hecha a medida y con tres adquirí tal agilidad en su manejo que un día me confié y bajando una cuesta a mucha velocidad me encontré con un macho enganchado a su carro. Al ver que me acercaba tan rápido se espantó, levantó sus patas delanteras y del susto caí al suelo dando vueltas y sin saber como, ni de que manera, una rueda de la bici me paso por encima de mi cabeza dejándome sin pelo, calvo de oreja a oreja. Pero eso sí, me levanté sin una lágrima, con la cabeza bien alta recogí mi bici, echa un churro, y me fui a casa.
En cuanto a la reparación de la bici era complicada porque la mayoría de ellas terminaban rotas, retorcidas, rayadas, descentradas, pinchadas, sin radios etc. Se necesitaba mucho tiempo, mucha paciencia y toda la herramienta de que se disponía. Una vez que estaban en el taller se las soldaba la barra, se las alineaban las ruedas, se buscaban los pinchazos metiendo la cámara en un caldero con agua, que era la forma de poder ver el pequeño agujerillo por donde salía el aire. Acto seguido se secaba esa zona, se lijaba y se pegaba el parche para volver a colocar la cámara en la rueda. Una vez hecho esto se inflaba, se alineaba, se centraba y se ajustaban los frenos. Por último, con arte e imaginación se pintaba a mano con colores llamativos, añadiendo en ocasiones las iniciales de la casa o del comprador, quedando como nuevas.
Y como nuevas se vendían todas, tanto estas como las que aun estaban empaquetadas o en la exposición, la diferencia lo marcaba el precio.
La demanda era grande especialmente de ciclistas, ganaderos, agricultores, pastores, criberos, trilleros, fruteros, pescaderos, afiladores etc.
Para unos era un artículo de lujo o un capricho y nos pedían que las decoráramos con adornos niquelados ya que así brillaban más. Para otros aparte de ser un vehículo de desplazamiento las utilizaban como ayuda en sus diferentes oficios, a estas, las acoplábamos accesorios como cestas y remolques, que de esta forma, les facilitaba el transporte de sus distintas mercancías.
No menos importante era la forma de cobrar tanto el alquiler como la compra de las bicicletas, evidentemente no era fácil...
Veréis, un día mi padre me mando ir a cobrar por los pueblos, él me ofreció dinero para comer pero lo rechacé pues pensé que con lo que cobrara podría hacerlo. Cogí mi bicicleta más una bota de agua y me puse en camino. En los primeros pueblos por los que pasé nadie me pagó, aun así seguí probando suerte una y otra vez. Pero llegó un momento en el que no podía más, de mal humor llegué hasta Rebollo donde al entrar en una casa vi que tenían un cocido encima de la mesa que me pareció el mejor del mundo, el señor muy educado me ofreció sentarme a comer, pero por orgullo y vergüenza le dije que no a la vez que le pedí el dinero que me debía, a lo que este se negó poniendo una excusa. Salí de la casa sin mirar y sin respirar para no apreciar el olor a garbanzos. Subí en mi bici y empece a dar pedales con rabia sin saber donde me dirigía hasta que las tripas me sonaron con tanta fuerza que paré frente a un berzal arranque una, la quite las primeras hojas y me la comí ¡cruda!, increíble pero cierto, nunca me había visto con tanta hambre. Creo que la culpa la tuvo el cocido.
Tras el descanso decidí terminar el recorrido que me había marcado al inicio del día. La tarde se me hizo eterna. Llegando a Cabezuela, como estaría de agotado, que dejé de sentir las piernas y tuve que entrar al pueblo caminando. En esto que vi a Paquito y pensé “estoy salvado” en ese momento el dinero era mi aliado y rápido le propuse un trato: si me llevas a casa te perdono los 5 duros que me debes. Y así fue, nos subimos los dos en mi bicicleta y me trajo hasta casa, donde comí y bebí hasta quedarme dormido.
Sin embargo no dejé de tener aventuras y anécdotas pues en cuanto tenía ocasión estaba subido en la bici. Hacía apuestas con los amigos para ver quien llegaba antes a cualquier meta. En una ocasión, mi cuñado Tomas que sabía que yo tomaba terrones de azúcar y chocolate para fortalecer los músculos se comió tantos que en mitad de carrera tuvimos que cogerle por los pies y meterle, de cabeza, en un pozo a beber agua.
Al final terminé tomándome en serio el montar en bicicleta por lo que solía levantarme a entrenar sobre las siete de la mañana, pero en más de una ocasión me sorprendía el hecho de pasar por la plaza de un pueblo oyendo solo cuatro campanadas. Obviamente me daba cuenta de que NO SE PUEDE ESTAR DE FIESTA Y TRASNOCHAR, esto puede producir una pequeña lesión de despiste.
Pese a ello, y dejando el enfado a un lado recorría muchos kilómetros para estar físicamente preparado y poder así correr en carreras importantes. Entre ellas las patrocinadas por el “Frene de Juventudes, Educación y Descanso” donde competía con famosos ciclistas de aquellos tiempos como Lucho Herrera, Bahamontes, Bernard Hinaut, Gimondi, Raymon, Parra, Ocaña etc. A este último en una ocasión le compré la bici como recuerdo.
Pero donde realmente lo pasaba bien era en las carreras de sacos, burros y bicicletas que organizaba el ayuntamiento en la Fiesta de las Candelas. Un año fuimos nosotros quien patrocinamos la carrera “Ciclopedreste” por las calles de Cantalejo que antiguamente estaban empedradas, sin asfaltar. La salida era desde la plaza...
...siguió siendo taller de reparación de bicis, motos y...
Máximo Fresneda
... subíamos por la calle del Frontón, bajábamos por el Pozo la Carrera, seguíamos por la carretera en dirección a la Plazuela, pedaleando fuerte en este tramo para subir por la calle del Viento, o bien, subir por las escaleras de la iglesia y bajar por el Pilón para después ascender por la cuesta de la calle Obispo hasta llegar al centro de la plaza Mayor donde se hallaba la única farola del pueblo que hacía las veces de meta. En el centro y a lo largo de las calles existía un reguero que realizaba las funciones de desagüe para todas las viviendas. El agua que se acumulaba más la lluvia que caía, formaban auténticos barrutales a los que había que esquivar y rodear, complicando y dificultando la carrera. Acabábamos como esculturas de barro a las que no se las distinguen ni la silueta, ni la vestimenta, ni el pelo, ni los rasgos de la cara, tan solo se veían dos grandes ojos que al abrirlos daban miedo. Al final todos los participantes terminábamos riendo del aspecto que mostrábamos y de las hazañas y caídas que cada uno había tenido en los distintos tramos.
Y entre carreras y aventuras llegó la moto al taller. Las primeras que recibimos fueron extranjeras, así como la Zundar, la Harley-Davinson, la Indian y otras que tenían el cambio de marchas en el depósito y había que accionarlo con la mano.
Mas tarde, empezaron a aparecer motos españolas llegando a haber hasta ochenta marcas diferentes, entre otras: la Lube, Montesa, Iresa, Vespa, Bultaco y la Guzzi Hispania que era la que más trabajábamos y vendíamos.
Las motos también fueron una parte importante de mi vida. Yo, aun siendo muy joven quería aprender a conducirlas y después de insistir, e insistir mucho, convencí a mi padre para que me llevara a la carretera de Sebúlcor donde practiqué probando una Royal Enfiel negra de 5 c.v.
Era un acontecimiento lleno de sensaciones motivadas por la velocidad y el hecho de no dar pedales, pero a su vez un fastidioso vehículo ya que si escaseaba el “carburante en los bolsillos” disminuían las posibilidades de llenar el depósito de gasolina, además si se averiaba la tenías que empujar, haciéndose notar su peso, hasta el taller más cercano.
Mis hermanos y yo llegamos a dominar el manejo de las motos hasta el punto de poder participar y ganar carreras como la ‘Jincana’, organizada por el Ayuntamiento y que consistía en varias pruebas donde demostrabas tu habilidad con la moto, haciendo un recorrido en el que no podías poner los pies en el suelo. El premio eran 150 pesetas las cuales eran motivo suficiente para una autentica lucha por conseguirlas ya que ayudaban a pasar una buena noche con tus amigos merendando entre unas cuantas cervezas.
Tanto la reparación como la obtención de las piezas de repuesto y la venta eran fáciles de realizar y conseguir. Yo me recreaba buscando la avería empleando muchas horas, pero poco a poco como haciendo un puzzle, volvía a encajar cada pieza en su sitio para terminar oyendo de nuevo el sonido del arranque.
Recuerdo en una ocasión, que como las motos apenas tenían suspensión y las carreteras estaban sin asfaltar, perdimos a un pasajero sin darnos cuenta. Veníamos tres amigos de Segovia en mi moto y en un rebote subiendo la cuesta de Pinillos salió el último despedido. Con el ruido de la moto no nos dimos cuenta hasta Villovela desde donde nos toco volver a por él. Además como la moto no corría mucho por el peso de los tres, el motor se calentaba con frecuencia, así que con paciencia parábamos y esperábamos hasta casi una hora. Al principio para que la cuestión fuera más rápida llevábamos una botella de agua y la echábamos por encima, pero el agua se acabo y tuvimos que recurrir al desahogo de necesidades fisiológicas para enfriarlo.
Pero los que sí que nos enfriábamos éramos nosotros y para evitarlo nos protegíamos colocándonos cartones o periódicos entre la camisa y el pecho.
En aquellos tiempos la moto era una gran compañera de viajes, en ella nos desplazábamos de pueblo en pueblo y de provincia en provincia. Los motivos eran muchos, así podía ser por necesidad, trabajo o en ocasiones por diversión como a bodas, fiestas, encierros diurnos y nocturnos.
En alguna ocasión, el médico, cuando tenia que hacer una visita de noche fuera de Cantalejo, nos llamaba para llevarle y así no corría el riesgo de quedarse averiado.
Pocas veces he caído yo enfermo, pero si tuve dos caídas graves, una producida por el manillar de la bici, el cual, se me clavó en el pecho, provocándome un derrame pleurítico, teniendo que estar en cama, sin moverme, durante tres meses. La otra caída fue con la moto, estuve varios días sin sentido“en coma”, pero progresivamente después de una temporada en reposo, logre recuperarme. Esto me hizo poner los pies en tierra... además, las circunstancias de la vida y de la edad me hicieron adaptarme a los nuevos tiempos, puesto que en un corto periodo apareció el automóvil. Desde entonces tanto las bicicletas como las motos como los coches me apasionan y han sido mi afición.
No hace mucho leí ‘la vida es como ir en bicicleta: solo nos caemos si dejamos de pedalear’
Por ello mi oficio… terminó siendo “Taller de reparación mecánica de bicis, motos y coches”.
Ana Rosa Zamarro